lunes, diciembre 20, 2010

La importancia del nombre

Seguramente, en lo primero en que se fijará la gran mayoría de lectores en cuyas manos caiga este artículo será en su título y en la firma. Si en lugar de mi nombre apareciera el del último Nobel de literatura estas letras serían leídas por un público mucho más amplio, su repercusión alcanzaría cotas internacionales, daría lo mismo que versara sobre tauromaquia o que alabase en él a la última princesa del pueblo. Alcanzada la fama lo que cuenta es la firma. No es lo mismo que yo, un desconocido, intente endilgar un lienzo en blanco con mi nombre enmarcado a cualquier museo o galería de arte a que ofrezca a Christie's el mismo lienzo desnudo con la firma de X. un genial famoso que llegó a concebir la obra de arte perfecta que ahora pongo en sus manos. En los últimos meses hemos asistido a varios casos similares de gran resonancia mediática: el supuesto Velázquez aparecido en los sótanos de la universidad de Yale, el atribuido por el Vaticano a Caravaggio hallado en una pequeña iglesia romana, las cajas repletas de negativos adjudicados al célebre fotógrafo norteamericano Ansel Adams. Por no hablar de la música donde las cajas de zapatos con maquetas inéditas hacen el agosto de las maltrechas discográficas.

El caso de los negativos. El principio es el habitual: un pintor aficionado al arte y a rebuscar en mercadillos de segunda mano compra por cuarenta y cinco dólares un par de cajas de zapatos llenas de negativos en placas de cristal. Vienen envueltos en papel de periódico de los años cuarenta y tratan sobre los mismos temas que cultivó Adams: sobre todo paisajes del parque nacional Yosemite. El afortunado pintor pronto vio que tenía en sus manos un valioso filón. Una empresa tasadora de Bervely Hills es la encargada de certificar la obra, y de valorarla, claro, nada menos que doscientos millones de dólares. El final no podría ser menos habitual: negocio, Norsigian, así se llama nuestro buscatesoros, a optado por no vender los negativos, escudándose en el valor que tiene el ofrecer dichas fotografías a todos los aficionados para que así "una nueva generación pueda conocer la obra de Ansel Adams y enamorarse de ella", para conseguir tan elevado objetivo vende, a través de su página web, impresiones digitales de las instantáneas a precios que oscilan entre los mil setecientos y los siete mil dólares. Se han escuchado voces que defienden que el ojo que concibió las fotografías fue el de Adams, otras aseguran conocer al autor de las instantáneas, y no dicen que fuera Adams precisamente. Tanto si son suyas como si no, la cuestión subyacente es el valor de dichas fotografías, no su valor económico, esos doscientos millones de dólares que inclinan la balanza a favor de Ansel Adams, no, la discusión debería centrarse en si esos negativos por sí mismos tienen alguna validez artística, histórica o etnográfica, pero ese nunca será el debate, no al menos en estos momentos en que el valor del arte se asigna exclusivamente por una firma grabada en letras de oro.