miércoles, marzo 08, 2006

Muerte de una exploradora

Hace ahora dos semanas que cometí mi fatal crimen. Me disponía a acostarme tras un duro día de ocio laboral cuando la vi, ¡ahí estaba!, junto a mis zapatillas, una hormiga exploradora.

Como sabréis –y como bien indica su nombre– las hormigas, tan organizadas –y tan conservadoras–, antes de lanzarse al acopio masivo de alimento, y otros enseres, envían de avanzadilla a unas cuantas de entre ellas, normalmente provenientes de las clases mas bajas, a la búsqueda de las preciadas viandas. Aclarado el hecho de que mi hormiga fuera una de estas pioneras (se las distingue de las demás por que van solas y llevan buen calzado para las largas caminatas) paso a relatar los más doloroso: el asesinato: sin meditar el alcance de mi acto, agarré al insecto por una de sus lustrosas botas y procedí a espachurrarla lentamente –disfrutando– con mis dedos. Muerta.

El problema de las exploradoras es que, como hallen pitanza, al día siguiente tienes a toda una patrulla de aprovechadas que se presentan en tú casa para sacar tajada de tú trabajo –y del de la exploradora–. Es mucho más difícil acabar con esa trouppe. Hay entre ellas familias enteras de profesionales de la logística, otras animan con sus cantos y baile en el milimétrico acto del transporte. Ahí es cuando ya todo es inevitable: el contagio de sus melodías, la danza. Esta, la danza, es de lo más pegadizo, de pronto te ves, junto al cubo de la basura, bailando a cuatro patas, la consiguiente masacre es terrorífica. Por ello asesiné a la enviada, para evitar ese hipotético –por futuro– dolor coreográfico. Aquí el error que me condujo a mi actual situación.

Urizen, que así se llamaba la muerta, provenía de un hormiguero de alto standing. Habitaba, junto a su comunidad, en los bajos de un céntrico edificio de la Capital. La reina estaba muy bien relacionada.
Como de costumbre habían seleccionado a las exploradoras que debían encontrar el sustento para todas las demás, entre ellas Urizen.
Pasaron los días y ninguna de ellas regresó con noticias de maná alguno. La reina nerviosa envió a sus mensajeros a los hormigueros cercanos con el fin de encontrar solución a la difícil situación de hambruna que se atisbaba. No recibió respuesta satisfactoria de ninguno de ellos. Se hallaban en plenas elecciones por el control de todo el sector, y la reina era la que se perfilaba como ganadora indiscutible al título de Conductora Universal. Muerta de hambre ya no sería rival.

Llamó a su consejero, gran aficionado a los documentales de la B.B.C, este, indicó a su monarca una esperanzadora alternativa inspirada en uno de los programas televisados. Tras sopesar unos instantes las posibilidades, envió a sus falanges a la búsqueda del propuesto sustento alternativo.

Fueron muchas las que murieron en la terrible lucha por alcanzar el núcleo, pero al fin lo consiguieron, abrieron brecha en el reactor principal. Pronto se puso en marcha todo el engranaje. Las hormigas mercader se afanaron en preparar las caravanas, las músico afinaron sus instrumentos. En instantes se formó una larga fila que iba desde el céntrico piso subterráneo hasta la central. Millones de hormigas, cargadas con plutonio alimenticio, avanzaban alegres al son de la música, bailando –a seis patas– las más audaces. Pronto la nube tóxica hizo mella en los humanos cercanos a la pista de transporte.

El Tirano de Capital mandó llamar a sus espías infiltrados en el hormiguero, quería conocer cual era la causa de tamaño desaguisado. Los espías, disfrazados de hormiga, consiguieron la información a través de sutiles interrogatorios inteligentes a los familiares de las exploradoras. El Tirano ya conocía la fuente del escape radioactivo: yo.
Salieron los emisarios. Una vez en la sala del trono, comenzó la política. Habían de solucionar el problema poniendo fin a la fuga que amenazaba la capital y a la falta de sustento del hormiguero. La reina quedó complacida con el ofrecimiento del Tirano: Alimento fresco para todo el año.

Ahora habito en las regias bodegas de la recién elegida Conductora Universal. Pequeños mordisquitos diarios van acercándome a la muerte para deleite de las más sibaritas (he de reconocerlo: tengo una buena carne).

6 comentarios:

Angel Martín Fernández dijo...

Lo escribí anoche, falta pulirlo; tengo pensado otro final apocalíptico.

Dim dijo...

Para la hormiga Urizen...


Eternos, escucho vuestra alegre llamada
Dictad rápidas palabras aladas y no temáis
abrir vuestras oscuras visiones del tormento.

William Blake, Praeludium to the First Book of Urizen.

Angel Martín Fernández dijo...

Je, je, Dimi, eres un monstruo.
Gracias truk.

Otra cosa, Dimi, sigo sin poder ver tu web.

Dim dijo...

se hace lo que se puede, jeje. Con los problemas de la pagina prueba mozilla, porque con explorer a mi tambien me da problemas.

Sota dijo...

Que grande...

Arca dijo...

Ingenioso post