jueves, agosto 07, 2008

El concierto

RAFAEL ARGULLOL
03/12/1997


Primera escena. Discurso de Goebbels sobre la importancia del arte y el genio del pueblo. Los espectadores, de pie, con los brazos el alto. Karl Böhm, el gran director austriaco, al frente de la Orquesta de la ópera de Berlín, dirigiendo Los maestros cantores de Núremberg, de Wagner. Sobre el escenario, grandes masas corales captadas por la cámara con un estilo expresionista. Al final de la interpretación, Goebbels aplaude entre nuevos saludos marciales del público. Año 1935.

(Escena 1ª)

Segunda escena. En el París ocupado por las fuerzas alemanas, 1941. De nuevo Los maestros cantores, esta vez a cargo de la Filarmónica de Berlín. Un jovencísimo Herbert von Karajan dirige a la orquesta con gestos nerviosos y excesivamente acelerados. El público recompensa con entusiasmo la velada. El director le corresponde con gran solemnidad.

(¿Escena 2ª?)

Tercera escena. Una fecha exacta: 20 de abril de 1942, cumpleaños de Hitler. Wilhelm Furtwängler dirige la Novena sinfonía de Beethoven. Entre los asistentes, de nuevo Goebbels y, a lo que parece, autoridades de todo tipo. Un público de gala en el que destacan sofisticadas señoras, generales y miembros de las SS. Aunque, en realidad, bajo las banderas y las esvásticas hay una gran variedad de uniformes. La guerra está presente por los brazos en cabestrillo y los parches en los ojos de algunos militares. En la última secuencia, Goebbels se acerca a un quizá incómodo Furtwängler.

(Escena 3ª)

Cuarta escena. En Bayreuth. Imágenes de 1943 probablemente mezcladas con otras de 1940. Apoteosis de Hitler, que es recibido por Winifred Wagner, la "albacea de la herencia wagneriana". Lloros y sonrisas de las masas que se alinean en las calles. Hitler saluda desde un balcón. Años antes había dicho: "La espada del nazismo se forjó en Bayreuth". Ahora, en el altar, está incluso por encima de Richard Wagner. Éstas son algunas de las escenas de un raro documento audiovisual titulado Grandes directores del Tercer Reich que he podido contemplar gracias a la reseña de Javier Pérez Senz aparecida hace algunas semanas en Babelia. Hay otras, con Max von Schillings, Hans Knappertsbuch o Clemens Kraus. Pese a la calidad desigual de imágenes y sonidos, los 50 minutos del documento se siguen -o, al menos, yo los seguí- con extraordinaria tensión. Como si de pronto, en una síntesis fulminante, la belleza y el horror se mostraran indisociablemente unidas al fundirse la música más excelsa con la memoria más siniestra. Esto se hacía completamente evidente en un momento determinado.

(Escena 4ª)

Quinta escena. Otra vez los Maestros cantores y otra vez Furtwängler con la Filarmónica de Berlín. Año 1942, en la fábrica AEG. Nadie va de gala, ni siquiera los músicos ni su director. La cámara se recrea en los hombres y las máquinas con un lenguaje que nos recuerda al encumbrado Fritz Lang o a la condenada Leni Riefensthal. Los oyentes son hombres curtidos, obreros, soldados heridos. La cámara se pasea por los interiores de la factoría, por los grupos de hombres y mujeres; alternativamente, en rápidos cambios de plano, por los rostros atentísimos. La atmósfera es decididamente religiosa. Entre los trabajadores y sus músicos se ve la silueta espigada de Furtwängler, acaso el mayor director del siglo. En esta escena, las imágenes, aunque un poco rudas, son suficientemente nítidas como para apreciar la célebre comunión corporal que Furtwängler mantenía con sus orquestas. Su cuerpo, los gestos de los intérpretes y los sonidos que emanan de los instrumentos parecen conformar una cadencia única. La música -la belleza de la música, si se quiere- es , en este momento, la religión, y la factoría, el templo. La sugestión es tan poderosa que puede hacer olvidar la sangre de las esvásticas que presiden el acto. Por fortuna, sólo momentáneamente.


(Escena 5ª)

Me quedo unos momentos con la cara de Furtwängler. Estuvo en el corazón del torbellino. Nadie dudó de su genio musical y muchos tuvieron de su coexistencia -o,con más dureza, de su colaboracionismo- con los nazis una idea menos siniestra que la que se formaron de otros grandes artistas, empezando por Richard Strauss. Se aludió a su defensa de varios músicos judíos, Hindemith entre ellos. Pero, el exiliado musical par excellence, Bruno Walter, quien lo apreciaba excepcionalmente, lo fulminó al reprocharle, precisamente, que hubiera puesto su genio al servicio de la propaganda totalitaria: "Recuerde que su arte fue utilizado durante años y con medios extremadamente efectivos en la propaganda exterior del régimen del mal" (1949).

Naturalmente sé, con Bruno Walter, que se trata de propaganda del horror, y que no ha habido en la historia una más eficaz propaganda del horror que la que se ha camuflado en la expresión de la belleza. Sin embargo, rebobino el vídeo para volver a contemplar la quinta escena, la de la Orquesta Filarmónica de Berlín en la fábrica AEG. No quiero, esta vez, que la fuerza estética de la música me distraiga de la detenida disección de las imágenes, de modo que pueda aislar los componentes propagandísticos que actúan. Se trata de desemnascarar la máscara de la belleza para retener el horror moral. Sin embargo, no es una tarea fácil. Vuelven a pasar las imágenes expresionistas de los devotos oyentes y vuelvo a ver la figura de Furtwängler convertida en centro de gravedad de una música hermosísima. Reconozco, claro está, todas las trampas: el arte convertido en ideología; los intérpretes, en polichinelas manejados por una sórdida idea; la maestría del lenguaje cinematográfico al servicio de la publicidad más oscura. La música es la pura excusa del poder.

Al principio, concentrado en el análisis, sigo las pautas con exactitud. Pronto, no obstante, me pierdo en un estado intermedio en el que, sin dejarme hipnotizar por lo estético, tampoco mantengo firmemente mi voluntad de disección moral. Y curiosamente, en este estado intermedio, me parece que la escena que estoy contemplando encaja bien con el transcurrir de este siglo que ahora termina. La belleza acompañando al horror, las grandes creaciones convertidas en cómplices necesarias de las grandes destrucciones, el olvido enroscándose en la memoria. Paradójicamente, permanecemos ignorantes ante aludes de información y, de repente, una sola secuencia nos devuelve, agridulce, la médula de nuestra época.

Cuando se acaba la escena no sé si condenar o absolver al gran Wilhelm Furtwängler. Ni tan siquiera sé si éste es, en la actualidad, un asunto relevante. En una ocasión leí que dirigió El ocaso de los dioses en el Berlín espectral de la primavera de 1945, cuando la ciudad estaba a punto de caer. Allí debió hundirse también el artista al servicio del horror. Aceptado esto, apenas podemos atrevemos a juzgar si sobrevivirá el artista al servicio de la belleza.

ARGULLOL, Rafael. El País



2 comentarios:

thessaloniki dijo...

Lo de Futwängler me lo sospechaba. Lo de Karajan, que lo tengo mas escuchado, era evidente: Todo Beethoven karajaniano atruena a lo bestia y sin razón; Mozart tiene un ritmo de pompa y procesión ceremoniosa que Amadeus nunca escribió...
Apropiación indebida para epatar con espíritu germano-ario en su contexto histórico. Estética caduca y trasnochada de unas ideas que tal bailaban, afortunadamente.
Tremendas citas. Un abrazo.

Angel Martín dijo...

Muchas gracias Dimi; se agradece compartas tu sapiencia con los legos. Un abrazo.